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OPINIÓN

Ciudad perdida

Por favor, recuerde que no me falta valor, que no soy cobarde ni timorato, sino que actúo por principios”. El párrafo pertenece a la carta de respuesta que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, envió, con fecha 30 de mayo del 2019, a Donald Trump, quien ese mismo día lanzó la amenaza de cobrar impuestos a las mercancías exportadas por México si no aceptaba convertirse en el tercer país de asilo para los migrantes. Ése era el punto, obligar al país a ser lugar de asilo y no lo logró.

Aunque las declaraciones de Trump en campaña nada tienen que ver con la realidad, baste recordar aquello del muro que México tendría que pagar (el gobierno del republicano fue uno de los que menos tapias puso al muro) para darnos cuenta de los alcances del agente naranja cuando de hacer propaganda se trata.

Pero lo que sí es verdad es que López Obrador, muy confiado y tranquilo, después de enterarse de lo dicho la semana pasada por Trump, y de platicar con su canciller, Marcelo Ebrard, como no queriendo la cosa soltó una dura advertencia como para que la entienda quien la quiera entender.

López Obrador recordó que hay 40 millones de mexicanos en la nación de las barras y las estrellas, lo que significa algo por arriba del 10 por ciento de sus habitantes y que si no se sienten bien tratados por un político de aquel país, votarán en su contra.

Por decirlo de otra manera: para Trump no habrá votos de mexicanos, y en una de esas tampoco de los centroamericanos que están en aquel país. No, no dijo que iría contra Trump, sólo habló de negarle el voto latino al o los candidatos que maltraten a nuestros países.
De cualquier forma, recordar aquel episodio del 2019 resulta bueno para todos. El asunto, como dijimos, es que Trump pretendía que México se convirtiera en un tercer país de asilo, lo que representaba dotar de residencia oficial, o de asilo, a cuando menos un millón de personas, la mayoría centroamericanas; es decir, dar servicios de todo tipo a esos migrantes.
Marcelo Ebrard resultó clave en el asunto. Unas horas después de la declaración de Trump ya estaba en Washington en conversaciones con el equipo de la Presidencia de EU, que no pretendían aflojar en nada; querían a México como la fórmula para deshacerse de la migración, que por otro lado no buscaba quedarse en México, sino ir al país de Trump.

Y no sólo eso. La iniciativa privada de EU también reaccionó. Un arancel a los productos del campo o a la industria automotriz resultaba criminal. Ebrard y su equipo habían sensibilizado a ciertos grupos de la iniciativa privada estadunidense, claves en el problema, pero eso no tenía nada que ver con las intenciones de Trump, hasta que la situación se convirtió en un bumerán que amenazó con golpear también a los de aquel lado.

Aunque a decir verdad, las quejas y las advertencias de los grupos financieros hacia Trump también tuvieron que ver en lo que terminó siendo la solución al conflicto.

México mandó soldados a las fronteras y aseguró que en 45 días el flujo migratorio disminuiría, como era obvio para el canciller mexicano, pero no se convirtió en lo que Trump quería, por lo que había presionado y amenazado. El no rotundo a convertirnos en tercer país de asilo y las presiones de la iniciativa privada de los dos lados de la frontera doblaron a Trump.

Para muchos, este episodio no es tan impactante para México y su Presidente, dado que parte de una voz poco confiable, sino más bien de un mensaje de Trump a los seguidores de Biden, un mensaje que quiere decir: Yo soy el fuerte, aquel es el débil. Tal vez eso sea cierto, y tal vez por eso aquello de que no se permitirá que México sea la piñata de los competidores políticos de aquel país.

De pasadita

Este debe ser el momento adecuado para evaluar hasta qué punto han sido importantes las ciclovías y hasta dónde sólo han causado mayor caos vial y daño al medio ambiente. Reconocer fallas no es debilidad, pero seguir fallando cada vez debilita más.

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